domingo, 26 de junio de 2011

A LA TALLA DE SU PAREJA






Bloc Party, una cerveza fría, los edificios frente a mi oficina contrastando con los cerros orientales, visibles a través de la ventana y  la tarde soleada del domingo  me obligaron a pensar ciertas preguntas. Quería dialogar conmigo mismo de una manera franca, tal vez que rayara un poco en el irrespeto. Por supuesto no con la preparación de las entrevistas de Marlon Becerra. Esos malabares lingüísticos se los dejo a los genios. 

Lo único que quería era resolver un cuestionamiento que rondaba mi cabeza desde hacía varios días, respecto a lo más bonito que ha podido pisar esta tierra, obviamente las mujeres. 
Hace un tiempo un amigo de los más perros que conozco, me sorprendió con una llamada más o menos a las 7 de la mañana. Cortando el llanto con algunos horrendos gemidos me dijo "Iván, estoy vuelto mierda". Fui a la casa del tipo y cuando llegué, la puerta estaba abierta. Parecía una escena de película de suspenso, donde el personaje (muy idiota por cierto), decide ingresar a sabiendas de que algo terrible puede sucederle. Yo, sin embargo, haciendo gala de mi sentimiento fraternal llegué hasta el baño en cuyo suelo Pepe - nombre cambiado para proteger la identidad del sujeto- yacía en posición fetal, usando únicamente unos calzoncillos narizones blancos y chillando como si se le hubiera muerto la mamá, que fue lo primero que se me pasó por la cabeza. Por fortuna este no era el caso. Lo supe tan pronto Pepe nombró a Camila. "Caaaaamiiiii… buuuuu… ¡por quéeeeeeeee!" chillaba el tipo. Ahí comencé a entender. 
Cami era una chica totalmente salida del prototipo de Pepe. Pequeña, flacuchenta, morenita, con pinta medio alternativa, olía siempre como si se acabara de fumar un porro. Su personalidad, bastante alocada, un poco bipolar era el antónimo de lo que siempre le conocí a mi amigo. Él era un tipo normal, estatura 1.70, trigueño, deportista y fresco. Su facilidad en el hablar le permitía conquistar mujeres muy hermosas físicamente, unas brillantes y otras con una capacidad intelectual más bien deficiente. 
Un día Pepe me dijo "Ivancho, me rumbié a una demente en un bar el viernes pasado. Se llama Camila y charla delicioso".  "¿Charla delicioso?¡ No puede ser!" le dije. Sus comentarios después de pasar toda una noche con una mujer eran "besa riquísimo", "hmmm tremenda faena" o hacía alusión a las texturas, volúmenes o movimientos que hacían en la cama. Algo raro pasaba con Pepe. 
Empezaron a salir y al poco tiempo mi amigo estaba completamente cambiado. Cada vez que lo invitaba a un plan me sacaba una excusa: "no sé, hoy vamos a cocinar con Cami", "vamos a ver peli con Cami", "tengo una reunión con la familia de Cami". Su cotidianidad era otra, sus intereses podían resumirse en una palabra: Cami. Y yo, por supuesto, ya estaba hasta la corona de esa palabra, tal vez por celos de amigo, tal vez por desconfianza. Poco a poco nos fuimos distanciando hasta que llegaron a pasar varias semanas sin que Pepe y yo cruzáramos palabra. 
Era miércoles y después de tomarme una cerveza con una amiga, saliendo del sitio me pareció ver a lo lejos a Cami con un tipo. No podía ser Pepe, estaba muy alto. Estaba muy alterno y mi amigo era de los que usan camisa dentro del pantalón y mocasines, mientras el otro andaba en tenis, jean y camiseta. Me acerqué y efectivamente era ella, acompañada de un gringo. Se reían mucho, como trabados. Se daban piquitos en la boca y se abrazaban. No  sé si ella me alcanzó a ver. Yo no hice nada. 
Al otro día me encontré con Pepe en Facebook y le pregunté "¿Cómo van con Cami?". Me respondió  "Bien, como siempre." Luego se desconectó. Lo llamaba al celular y me mandaba a buzón. Le marcaba a la oficina y no estaba. Me conectaba nuevamente a Facebook y apenas entraba al chat él se salía. Dejamos de hablar. 
La escena ridícula de mi amigo en el baño ocurrió un par de meses después de mi encuentro con su novia. Luego de vestirse como un ser humano decente y tomarse un café, Pepe se disculpó por haberse alejado, por haberle creído a Camila, que según él tenía una inteligencia superior y le había lavado el cerebro. Dadas las circunstancias podría ser cierto. Ella le había terminado a través de un mensaje de texto y nunca más volvió a aparecer. 
Aquella situación me condujo a una única pregunta: ¿por qué los hombres somos avispados con unas y brutos con otras? Tal vez porque hallamos respuestas inesperadas, que nos hacen pensar en más interrogantes o simplemente porque acaban siendo nuestro complemento, así ellas no lo sepan o no  quieran saberlo. No importa cuán lindas o inteligentes, siempre habrá una capaz de cambiar nuestros hábitos y costumbres, al punto de moldearnos a su medida,  a su talla. Y lo gracioso es que no nos damos cuenta cuándo ocurre. Pero bueno, creo que es una de las razones por las cuales los hombres las necesitamos tanto. 
Mi cerveza ya se acabó y el sol de la tarde se está ocultando, así que decidí terminar con este texto antes de dañarlo con una frase cursi que ni yo comprenda.